28.2.10

GARRAPIÑADA


Hay que salir.
Mi casa se convierte en un espacio atemporal, una cueva imantada. Burbuja. Bajo las escaleras y atravieso el interminable pasillo oscuro, de hospital, en el que se respira esa temperatura irreal que termina abruptamente en la puerta de calle. Giro la llave e inmediatamente un bramido infernal me chupa como una sopapa y me tira en el smog de Mansilla. Las pupilas estallan, los oídos se revuelcan de dolor, el aire putrefacto se cocina dentro de mis fosas nasales. Esquivo los autos y llego a la avenida Coronel Díaz, esa calle agrandada envuelta en un ramillete de árboles que intentan que Dios no vea lo que está pasando ahí abajo y que se estiran hacia las alturas para tener el mínimo contacto posible con la superficie. Extienden sus garras subterráneas hasta lograr una base firme y se escapan al cielo. Maldita encarnación que les impide moverse.
Arboles, árboles, y cuando les saco la vista de encima noto que mis pies se clavan como estacas en el suelo, las piernas tiemblan y empiezan a estirarse, a crecer, voy tomando altura hasta golpearme la cabeza con el quinto piso de un edificio gris. Las ramas de los árboles me pinchan los ojos. Miro hacia abajo y el vértigo desaparece de mi cuerpo. Los autitos chocadores juegan carreritas y se mezclan como barajas sin avanzar un solo centímetro, los dragones de fuego rugen amenazantes y marcan el ritmo del desfile de tráfico, hacia la derecha, hacia la izquierda, avanzo y freno para levantar un pasajero, hago lo que yo quiero y me chupa un huevo. En la orilla derecha del arroyo de asfalto caliente, lleno de pozos, van enfiladas la vacas negras y amarillas, muuuuu... p-o-o-o-r q-u-é-é-é-é meeee tocaaaaaas muuuuuu b-o-c-i-na ch-a-pppp-e-tooonnn? Le tiro una canica y le pego a un gigantón en el bracito que le cuelga de la ventana. Ay la pu!!! Una señora embadurnada de almidón observa despiadadamente al conductor hasta que los ojos se le transforman en uno solo y su cuerpo de chancho sale dando brincos por la vereda. Un viejito maratonista me mira desde la esquina y es atropellado por un chico rubio corte tasa que está probando su bicicross. El sonido de los celulares rechinando provoca una telaraña de ondas magnéticas en la que miles de mosquitos sacuden sus cuerpos como en una rave. El aire está plagado de ocupación, mucha ocupación y pocas ganas. Cabezas peladas, baldosas sueltas que escupen un chorro envenenado cuando las pisan, mosquitos famélicos, corbatas de 300 dólares, secretos pervertidos. Un chico pelirrojo viene corriendo directamente hacia la señora que arrastra las bolsas de supermercado. Aumento el zoom. El hilo de sus miradas se pone tieso y los congela a veinte centímetros uno del otro. El chico extiende el brazo y atraviesa el pecho de pollo de la vieja, hurga en la cavidad toráxica, scrunch-claft-jt, revuelve los pedazos hasta que da con el alma. Un destello violeta le enciende las pupilas mientras aprieta la mano con fuerza sobre el alma resbaladiza. La mujer se desgarra en un grito mudo y se disuelve en un charco de garrapiñada. El pelirrojo retira la mano enchastrada y esconde el alma debajo del sobaco. Se come un maní azucarado y sale corriendo hacia el este. Fue él! Fue él! Grito yo desde el séptimo piso. Una rama enojada me pega una cachetada en la espalada. El chico escapa como un anguila por la avenida Santa Fe. Me libero de mi cuerpo y lo sigo. Pega 554 saltos hasta Libertador. Cada tanto palpa el bulto que lleva debajo del brazo para asegurarse de que permanece allí. Se cuelga de los árboles y hace un mortal triple para caer en el medio del río de la Plata. Nada, nada, nada, nada, no pasa nada. Espera y espera y nunca pasa nada. Decide continuar. Nada, nada, nada, nada, no pasa nada. Espera y espera y nunca pasa nada. Desea continuar. Llega a la orilla y se lastima la rodilla contra la pared del puerto. Palpa el bulto. Sí, sigue allí. Atraviesa la ciudad vecina de casitas bajas y cruza todo el ancho del campo, hasta las montañas. Escala, escala, escala, baja, baja, baja. Sí, sigue allí. Cruza un pantano de heno y se enjuaga en el mar. Sí, sigue allí. Ya falta poco, casi, casi... llegó. Se descalza y abre la puertita del alambrado. Ya llegué mamita, uhuu, uhuu. La madre está en el techo de chapa, poniendo más piedras para que no se vuelva a volar.
Bajaaaaaaá, mamaaaaaaá. Ahiiiiiiií voooooooy. La mujer toma el atajo y en un segundo está al lado del pelirrojo. Le caen gotas de transpiración por la cara. Saca su lengua de reptil y se las chupa. Son saladas, como las lágrimas. Es el cuerpo que llora.
Tomá mamá. Saca el bulto del sobaco y se lo entrega bajando la vista. Un gusanito está trepando por su dedo meñique. La madre agarra el alma y la pone a la altura de los ojos. La observa. De pronto, su mirada enfurecida se desplaza hasta la tapa de la cabeza de su hijo. Pero esta alma está toda machucada!!!! Vocifera mezclando palabras con un aliento caliente y agrio, y con un lanzamiento bombita tira el alma al suelo. Splang. Cae justo al lado de una manija oxidada, entre el sachet de leche y la suela de un zapato. A la mosca no le importa el historial del desecho y empieza a lamerlo desaforadamente. Sglup, sglup.

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